VERONICA ROSSATO
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3 de mayo de 2013

Ungüentos y demás hierbas

(Relato del Sahara Occidental)

Mbarka, la tía de la jóven Aza, es contenta porque por fin sus piernas y brazos han adquirido una redondez apreciable. En tres meses de tomar corticoides ha logrado más que en años de beber leche de camella con cereales, de día y de noche. Ahora se siente más segura de conseguir un nuevo marido.

También Aza se ve feliz, con el rostro brillante, la piel clara, los ojos prolijamente maquillados y la boca bien delineada. Va a la boda de una amiga de su misma edad: 16 años. Cuando escucha las voces de sus primas que vienen a buscarla, automáticamente, revisa si tiene el “Shirley” en el bolso. Puede olvidase de cualquier otra cosa, pero el tubito de 10 gr.  de “medicated crem” manufacturado en Taipei, es primordial. Sin él, tendría la tez mate, como sus hermanas menores. "Ellas todavía no se dan cuenta de estas cosas, pero con el tiempo comprenderán que los hombres prefieren las mujeres de piel clara", piensa..


Se cruza la melfa sobre el rostro, dejando solo los ojos al descubierto, se calza los guantes y luego las gafas oscuras. Protección total. Fatimetu la ve salir y suspira. "Quiera Alá que pronto sea pedida en matrimonio", exclama. 
Aunque le gustan las fiestas no puede ir a la boda con su hija porque no se siente bien. Tiene la tensión alta y ha colocado un diente de ajo pelado en cada uno de sus oídos. “No te los dejes demasiado tiempo. Mira que irrita la piel”, le recuerda la cuñada, mientras mezcla tierra con jabón bildi para quitarle los piojos a la criadita que acaba de enviarle su hermano desde Kenitra. La niña tiene la cabeza blanca de huevos. Después de colocarle la pasta, la llevará a la terraza para pasarle un peine fino, mechón por mechón. "Tal vez sea mejor arrastrar la pasta con los dedos", piensa Mbarka. Si el tratamiento no da resultado 100%,  al día siguiente aplicará otra receta: una mezcla de aceite y alcanfor, y luego de mantener tres horas la cabeza cubierta con un foular, le pondrá henna. La niña deberá eche la cabeza hacia atrás y quedarse quieta a la hora de enjuagarle el pelo porque si el alcanfor llega a tocarle los ojos le hará daño.

Fatimetu se siente mejor después de quitarse los tapones de ajo. Se acomoda la melfa y mira sus pies, oscurecidos por el sol, con la marca de las sandalias. Inadmisible. Esa misma noche se aplicará una mezcla de jabón bildi con páprika y dormirá con ella, cubriendo cada pie con una bolsa plástica para lograr un efecto térmico. A la mañana siguiente se tomará un buen tiempo para lijarlos cuidadosamente.

“¿Cómo está Betoul?”, pregunta Mbmbarka, refiriéndose a la hija menor de su cuñada. “Bien, ha mejorado mucho. Creo que unas semanas más de tratamiento y ya habrá superado la anemia”. La mejoría era de esperar. Lleva diez días espolvoreando el plato de su hija con el polvo de una piedra amarillenta y porosa que le han traído de Smara. Para lograr este polvillo, deja la piedra un rato sobre las brasas y luego la machaca en el mortero. Es especial para condimenta la carne. “Gracias a Alá por estos remedios”, dice entre suspiros. Luego toma una bolsita con hierbas secas y las echa sobre el brasero encendido, se agacha sobre él y se abre un poco la melfa para que el humo toque la ropa que lleva debajo.


“Estas hierbas contra el mal de ojo terminarán de estabilizar mi tensión”, dice Fatimetu, sentándose frente a la bandeja con utensilios para el té. Después de un arto de preparativos, beben el primer vaso, amargo como la vida; luego el segundo, dulce como el amor; finalmente el tercero, suave como la muerte.

Mmbarka sonrie complacida. Su cuñada cumple bien con las obligaciones de esposa de su hermano mayor. En el gesto, muestra una dentadura blanca, bien cuidada. Siempre se limpia los dientes con un palito, como todo el mundo, pero de vez en cuando muele un trocito de carbón, le agrega sal y miel y unta el palito con esta pasta. Limpia cada pieza, de frente, por detrás, en los bordes. La sal le desinfecta las encías y el carbón blanquea la dentadura. Tal vez su sonrisa destaque más ese día porque no se ha puesto la base aclarante y luce su piel morena natural. Total, no hay ningún hombre en la casa. Al menos ninguno que pueda interesarse en ella y convertirse en su tercer esposo.

“Aún me duele un poco la espalda, pero estoy segura que después de la tercera sesión, desaparecerá por completo”, comenta refiriéndose a la terapia que ha comenzado el día anterior. La vecina tiene una hija veinteañera, virgen, nacida entre dos hermanos varones, y estas condiciones le otorgan poder para curar algunas enfermedades: con un masaje en cierto punto de la mano quita dolores en la columna; mordiendo en el omoplato, quita los dolores musculares de la espalda. Los tratamientos duran tres días… y santo remedio!

25 de octubre de 2012

Octubre...

                                   Rivera y más allá

El Ford Falcon se desplazaba veloz por las calles de la ciudad dormida. Con los ojos vendados, apretujada entre dos hombres en el asiento posterior, sentía sobre mis costillas la presión de un arma, e intentaba dominar el miedo.
Aquella madrugada de octubre de 1976 me desperté al oír golpes en la puerta. Supe que venían a buscarme. Varios hombres con el rostro cubierto ingresaron en la casa y me empujaron a punta de pistola hasta el dormitorio.  En pocos minutos todo quedó revuelto, mil cosas desparramadas. Cartas y fotografías desaparecieron.
El operativo fue rápido. Cuando el emblemático Falcon verde se puso en marcha, mi madre y mis hermanas aún permanecían sentadas en los sillones del living, con la cabeza cubierta por las fundas de las almohadas, paralizadas por las amenazas de los paramilitares. Mi padre estaba de viaje y mis hermanos no habían regresado de alguna salida con sus amigos.
Noté que otro auto nos seguía y en un momento en que ambos se detuvieron, creí oír un disparo. “Mataron a alguien. Ahora me toca a mí”, pensé. Procuré imaginar el dolor que producirían las balas entrando en la carne. Comencé a respirar con dificultad.
- ¿Qué te pasa? ¿Te sentís mal?, preguntó mi custodio.
El orgullo me impidió admitir el pánico.
- El pelo sobre la cara no me deja respirar, respondí con dignidad fabricada.
Desesperadamente buscaba reconocer el rumbo que tomamos al reanudar la marcha. Presté atención a los sonidos, a las curvas del camino. Si nos dirigíamos a La Perla, en el camino a Villa Carlos Paz, me esperaba la tortura segura y posiblemente la muerte.  A los pocos minutos respiré con alivio. No habíamos salido de la ciudad  y, según lo que alcanzaba a ver por debajo de la venda, circulábamos por calles arboladas. Supuse que estábamos en barrio San Vicente, eso significaba que tenía posibilidades de sobrevivir.
Poco después llegamos al Campo de la Rivera, destacamento de Gendarmería que funcionó como lugar de detención clandestina desde 1975, a cargo del III Cuerpo de Ejército. Allí, una vez ‘verificados los antecedentes’, los detenidos eran enviados a la cárcel o a La Perla. Algunos recuperaban la libertad.
Me encerraron en una celda diminuta. En los días que permanecí allí, mantuve mi mente ocupada practicando posturas de yoga y contando la respiración hasta que algún pensamiento irrumpía. Entonces recomenzaba, uno, dos, tres…. Me erguía en postura invertida, apoyada sobre la cabeza, con las manos entrelazadas en la nuca. Tenía los ojos vendados de modo que no podía ver a los gendarmes cuando los escuchaba abrir la ventanita de la puerta de metal para observarme. Me convertí en la curiosidad de los guardias del pequeño “campo de concentración” en el que cientos de hombres y mujeres, estudiantes y trabajadores, compartían bronca y dolor.
Pocos días después –cuando ya estaba en la cuadra con las otras mujeres- al atardecer se corrió la voz de que llegaban ‘los de Aeronáutica’. Quienes se habían levantado la venda con la complicidad de los gendarmes volvieron a colocársela sobre los ojos y todas permanecimos muy quietas, sentadas en los colchones mugrientos que compartíamos entre dos o tres. Sólo podíamos ver sus botas –“pueden aplastarme, como a una cucaracha”-, escuchar su voz y responder a sus preguntas. Se burlaban, nos insultaban. En una de estas visitas, un hombre que se hacía llamar Enrique mostró compasión y se ofreció para llevar noticias a mi familia. Escribí un mensaje en un pedacito de papel y una de mis hermanas envió una escueta respuesta. Así supieron en casa que seguía viva.
Hubo momentos en que me obligaron a hacer de enfermera, acompañando al médico –secuestrado junto con su esposa embarazada- que debía curar a las mujeres que venían de La Perla o habían sido picaneadas allí mismo. Sabíamos que algo así estaba ocurriendo cuando a la hora habitual de los interrogatorios escuchábamos la radio a todo volumen, apagando los gritos.
Cuando llegaba mi turno de ‘entrevista’ me zambullía en un ‘juego de estrategia’, intentando  anticipar la próxima jugada-pregunta para armar un rápido movimiento-respuesta. Medía cada palabra propia y ajena. ¿Habrían averiguado que yo sabía lo que callaba? Día tras día la misma tensión e incertidumbre. Si alguien hablaba, sabrían. Mientras tanto, corrían rumores, había traslados, movimientos de camiones en la noche, voces que dejaban de oírse, otras que se convertían en lamentos.
Pasaba mucho tiempo aislada, sentada al sol, contando la respiración para no perder la cordura. La rutina se rompía cuando me llamaban para limpiar la oficina de la guardia. Desde allí podía ver las copas de los árboles, al otro lado de una ventana alta. Me reconfortaba observar esas hojas verdes mientras pasaba el trapo mojado, aunque tuviera que soportar sobre mí la mirada burlona de algunos uniformados.
A la hora de la comida, debíamos estar con las vendas puestas porque compartíamos el patio con los varones. El hecho de no poder vernos no impidió que a veces conversáramos o cantáramos juntos. Incluso surgieron romances alimentados por mensajes enviados de pabellón a pabellón, con  la complicidad de algunos guardias.
En la mañana del 26 de noviembre, apenas había comenzado la tarea de limpieza en la oficina, un gendarme me llamó desde el patio. Al cruzar el umbral escuché voces: “Cumpleaños feliz”. Mujeres y hombres coreaban a ciegas. Me pareció una escena atroz. No pude alegrarme, tuve ganas de llorar pero grité “gracias” con toda la potencia que logré darle a mi voz.
Una tarde salí de allí. Un camión me dejó en Barrio Junior, cerca del río. Una mano me quitó la venda y una voz masculina me ordenó que caminara recto, sin mirar atrás, hasta que ya no escuchara el ruido del motor. Obedecí.

14 de julio de 2012

Recordando un momento especial en Marruecos

EL REGALO
Ha visto partir a muchos. Lleva meses acompañando a familias amigas que de la noche a la mañana son afectadas por una orden de expulsión que casi siempre involucra sólo al hombre. Esposa e hijos deben vivir el proceso de vender o regalar sus pertenencias, decir adiós a amigos y hermanos en la fe, despedirse de una ciudad, un país, una cultura, un pueblo al que aman. Llegaron allí tras un proceso similar: despedidas y renuncias. En aquel momento –hace muchos años- lo hicieron con el gozo de estar en la voluntad de Dios. Hoy no sienten gozo, pero sí la confianza de que el Todopoderoso no ha perdido el control y que los acontecimientos son los que en su soberanía permite.
Ahora le toca a él. La cita en la jefatura de policía es para mañana. Hablará en perfecto árabe, será cortés y responderá con aplomo y amabilidad a las preguntas. Pero no admitirá chantajes ni amenazas; tampoco firmará ningún documento que lo acuse de violar la ley, de hacer proselitismo, de desestabilizar la paz. No lo hará, sencillamente porque siempre se ha movido dentro de la legalidad, porque ha compartido su fe en Jesucristo con quienes le han preguntado y ha predicado donde lo han invitado.
Duele tener que dejar Marruecos. Su hija ha crecido allí, ha visto nacer de nuevo a muchos hombres y mujeres, ha oficiado bodas entre creyentes magrebíes… Pero lleva meses sabiendo que la hora se acerca. ¿Y si va a parar a la cárcel? “Sería un honor para él”, me dice telefónicamente su esposa. No está angustiada. “Mentalmente estoy preparada”, asegura, aunque son mil los detalles prácticos que le tocará resolver a ella sola, si él es expulsado o encarcelado.
Los creyentes nacionales están siendo presionados, algunos han perdido sus trabajos o fueron repudiados por su familia al ser puestos en evidencia. Pero las raíces de la Iglesia se fortalecen, como la planta que en tiempo de sequía busca nutrientes a mayor profundidad. “No temas, no temas” se repiten unos a otros. “Jehová te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro”.
El Señor está en control y sólo él conoce el cuadro en su totalidad. Hay cambios, movidas inesperadas, o al menos indeseadas. Pero en medio de lo que hoy es incertidumbre, existe un plan. ¿Será que Dios quiere apurar la evangelización de los musulmanes en otros lugares?
España está recibiendo obreros capacitados, que conocen el idioma y la cultura árabe. Un regalo muy especial.

5 de septiembre de 2010

RECUERDOS DEL SAHARA


Sentada sobre la alfombra, con las piernas cruzadas y los pies cuidadosamente cubiertos por la melfa colorida, Fatimetu repite la ceremonia varias veces al día. En su casa la tetera no llega a enfriarse. Pacientemente prepara té para su suegra, para su marido, o para quienes llegan a la casa, sea la hora que sea.  En caso de que las visitas no pertenezcan a la familia o al pequeño círculo de amigos íntimos, su marido hace el té para los hombres en un salón y ella para las mujeres, en el otro.
Nos conocimos en una feria de comerciantes nómadas que recorren las ciudades del Sahara Occidental. Se acercó cuando percibió que intentaba hacerme entender en español para pedir rebaja en el precio de algo que quería comprar. “Hablo español, ¿necesitas ayuda?”, dijo con una sonrisa.  
Al enterarse de que provenía de América Latina, su sonrisa se ensanchó. “Estudié en Cuba”, dijo con alegría y nostalgia a la vez. Comprendí enseguida su procedencia.

Un saharaui que ha estudiado en Cuba pertenece a la diáspora asentada en la hamada argelina a partir del momento en que su tierra tuvo otro dueno. Además, es alguien que ha sido separado a corta edad de su familia y ha crecido al amparo del gobierno de Fidel Castro. Si después de pasar por ese proceso, se encuentra en El Aaiun “ocupado”, como dicen ellos (porque este mismo nombre se repite en uno de los asentamientos de la República Árabe Saharaui, constituida en el desierto argelino), es porque ha decidido abandonar los campamentos de refugiados y volver a su tierra original, aceptando la soberanía del país que ahora enarbola allí su bandera.

A Fatimetu le costó varios días decírmelo. Ni falta hacía, pero tuvimos que hablar del tema para cimentar la confianza. Ella y su marido son parte del grupo de “retornados”.
Nuestra amistad creció en base a la aceptación y respeto mutuo, su casa fue mi casa y su familia un refugio afectivo. 
La visitaba con frecuencia y hablábamos de todo. A veces, en medio de una animada conversación se levantaba para ir a rezar sobre la alfombra, cuando escuchaba el llamado del muecín. Momentos después retornaba y podía contarme -con toda tranquilidad- que le mentía a su marido para encubrir a su hijo adolescente que prefería el futbol al estudio. No era para sorprenderse: entre los musulmanes la mentira es moneda corriente y la justifican plenamente si “no daña a nadie”.

Un día le dije que tenía malestar de estomago y enseguida me ofreció unas hierbas secas, explicándome que se usan corrientemente contra el “mal de ojo”. Pero de inmediato agregó: “No es brujería”. Supe entonces que había comenzado a comprender que mi fe estaba puesta en Dios. 
Al llegar el verano, fui a visitarla en la playa donde veraneaba con su familia. Todavía quedaban niños jugando en la arena, el aire era fresco, el primer murmullo de rezos ascendía desde los minaretes como la crecida de un rio invisible. El sol languidecía. Fatimetu me agradeció la visita, y yo no tuve coraje para decirle que pronto abandonaría el país.