VERONICA ROSSATO

19 de febrero de 2020

PROPÓSITO

Los ves venir y no sospechas. Eso se llama prejuicio. Es que los dos tipos bien vestidos, con buenos cascos, que circulan tranquilamente en una moto nueva y silenciosa, no responden a la imagen que tienes de los "motochoros". 
No recuerdas nada, ni lo que antecedió al golpe ni lo que sucedió después. Sólo sabes que estás despertando en una sala de hospital y que te atiende una enfermera a la que le has preguntado muchas veces su nombre porque la encuentras parecida a alguien que conoces. Entre lo que escuchas y lo que alcanzas a ver te enteras de que en la habitación del otro lado del pasillo hay un viejito que insiste en bajarse de la cama y finalmente lo atan, y que junto a él hay un señor de unos 70 años que tiene el torso desnudo y mira con interés lo que sucede a su alrededor. Para ver detalles debes colocarte los anteojos de sol, hechos con la misma receta de los multifocales que desaparecieron junto a tu bolsito, tu teléfono y tu conciencia.
Te duele mucho la cabeza mientras la mantienes apoyada sobre un bloque de hielo. Te dicen que has sufrido una conmoción cerebral pero que vas a ponerte bien. Comprendes que si te hubieran golpeado pocos centímetros más hacia el centro, hubieras muerto desnucada. Y das gracias a Dios porque puedes contarlo. 
Entonces, tomas conciencia de que el prósito para tu vida aún no se ha cumplido completamente.