VERONICA ROSSATO

4 de junio de 2012

Hay que decirlo, che


ESTAMOS VIVOS PORQUE LA DOLARIZACIÓN FRACASÓ

Por Roberto Caballero


Mientras el gobierno enfrenta una corrida cambiaria con métodos heterodoxos y relativo éxito, se cumplen diez años de la última utopía neoliberal: la adopción del dólar como moneda para la Argentina. De Mitre y Pablo Rojo a la revolución de los Estados Unidos. Reflexiones alrededor del billete fetiche de una élite que nunca confió en su país.


“Estas no son horas de perfeccionar cosmogonías ajenas, sino de crear las propias. Horas de grandes yerros y de grandes aciertos, en que hay que jugarse por entero a cada momento. Son horas de biblias y no de orfebrerías.”

Raúl Scalabrini Ortiz, El hombre que está solo y espera.

Cuando la Convertibilidad ya había estallado por los aires, los economistas ultraortodoxos del menem-cavallismo propusieron la dolarización total de la economía como última tabla de salvación. Ocurrió hace apenas diez años. El principal impulsor del proyecto era una joven brillante de la JP de los ’70, llamado Pablo Rojo, reciclado 20 años después en defensor dogmático del Consenso de Washington. Los que pensaban que era viable, justificaban la propuesta en una ventaja de tipo cultural: los argentinos querían dólares. Para qué ir contra la corriente, si la sociedad ya lo había adoptado para hacer negocios o ahorrar. En el fondo, lo que Rojo planteaba era rendirse ante la evidencia, ceder toda soberanía monetaria y gozar de los presuntos beneficios de asociarse a la mayor economía planetaria, asumiendo que el futuro estaba en Roma y no en la Galia. Es decir, aceptar como destino el ser colonia de una potencia próspera y hegemónica.


La idea no era nueva. Bartolomé Mitre había planteado algo parecido más de un siglo antes, aunque para la Generación del ’80, las relaciones carnales debían ser con el Reino Unido y no con los Estados Unidos. Como se ve, a través de las distintas épocas, las élites nacionales se caracterizaron por tener una visión antinacional de la resolución de los problemas. Pero, sobre todo, antipopular. La factoría inglesa que proponía Mitre como país resolvía la razón de ser de los dueños de las materias primas que el Reino Unido necesitaba y punto. Era un gran país-estancia donde el gauchaje bárbaro y la inmigración se limitaran a ser mano de obra esporádica y barata según la suerte de la cosecha. Una nación rica de gente pobre, que dos fenómenos políticos democráticos y populistas como el yrigoyenismo y el peronismo pusieron definitivamente en crisis con la industrialización moderna.


Puede decirse que el planteo de Rojo en 2002 fue la última utopía neoliberal de los ’90. Una década donde resignamos el patrimonio público, debía rematarse con la renuncia a la moneda propia. Si no teníamos el petróleo, el agua y los trenes, ¿para qué conservar el peso? Cada tanto, la derecha tiene una fiebre refundacional del país. Mitre llamó a su gobierno “Proceso de Organización Nacional” y Videla a su dictadura genocida “Proceso de Reorganización Nacional”. Menem se levantó un día y dijo que el dólar valía un peso, y diez años y un 25% de desocupados después quiso, a través de su alter ego Rojo, convencernos de que lo mejor era cristalizar para siempre esa sociedad desigual, dolarizando por completo la economía. Por suerte, la historia tomó otro rumbo, sino estaríamos como Ecuador, que aún con Rafael Correa no puede sacudirse el ancla de haber atado su moneda a la estadounidense. Si estamos vivos para contarlo es porque el plan neoliberal de los Menem, los Cavallo y los Rojo fracasó en la Argentina.


Pero ninguna idea, por impracticable que parezca, hunde sus raíces en la irracionalidad absoluta. Nuestras élites tienen como fetiche al dólar porque creen que el billete verde explica a los Estados Unidos y no a la inversa. Para ellos, fue el dólar el que produjo una economía estable, sin conflictos sociales, ni sindicatos y donde los empresarios son algo así como los pastores de un Dios que bendice la riqueza. Esta suposición los convenció de que importando su moneda se adquieren también las virtudes de un modelo exitoso, como si quien comprara una tablet se convirtiera en Bill Gates. Es casi una mirada de turista, por lo superficial, pero se ha vuelto dogma en todas las escuelas de negocios nacionales. En realidad, esta visión elude lo fundamental: fueron los patriotas revolucionarios de los Estados Unidos los que inventaron al dólar y no al revés. Los mismos que se independizaron del Reino Unido del cual era devoto Bartolomé Mitre y derrotaron a los algodoneros esclavistas del sur para construir un país industrial en serio, que así llegó a liderar el capitalismo mundial. Esa es la historia verdadera que está detrás del dólar, cualquier otra explicación sobre su valor o eficacia que no la contemple, responde al pensamiento mágico.


Hoy que la economía estadounidense atraviesa su peor crisis desde 1930, cualquiera puede advertir que incumple con todos los requisitos que el FMI exige a sus países miembros. Básicamente, gasta lo que no produce y es altamente deficitaria. Si China decidiera hoy poner a la venta los bonos del Tesoro americano en su poder, Estados Unidos quebraría. Cuando se les pregunta a los funcionarios de la Reserva Federal por este escenario, no responden diciendo que su Indec es infalible, que su balanza es óptima o que hay equilibrio de cuentas. Miran fijo y amenazan: “China nunca va a hacer eso, porque China sabe que los Estados Unidos tiene el mayor ejército del planeta.” En ese punto, toda la teoría económica se hace trizas. O, mejor dicho, comienza a escribirse con pólvora. O con la punta de un dron, para estar con la última tecnología. Y el libre comercio tan declamado se vuelve un juego de TEG, aunque en escenarios reales.


Pero volvamos a la élite argentina y su afán por sacralizar el dólar. Es evidente que quiere comprar hecho o, mejor dicho, pretende pescar sin mojarse el traste. Como si entre el proceso y el resultado obtenido no hubiera historia que aprender. El día que quieran ponerse a la cabeza de un país que incluya a los 40 millones de habitantes y se sumen a un proceso de desarrollo en consecuencia, es probable que dejen de pensar en dólares y lo hagan en pesos. La burguesía paulista es un buen ejemplo de eso. Sus integrantes se sienten cabeza de una nación. Desacoplaron su economía del dólar y nadie en Brasil piensa en otra cosa que no sean reales. “Son más nacionalistas”, dicen algunos. Quizá. O más vivos.


Es menos complejo explicar por qué las clases subalternas argentinas atesoran en dólares. Esa misma élite que no confía en la moneda propia, convirtió a la economía local en una montaña rusa, cuando no en una timba constante. Del Rodrigazo a las hiperinflaciones se confiscó a casi todo el mundo para favorecer y perjudicar siempre a los mismos. Acá robaron los gobiernos y también los bancos. La gente ahorra en dólares por lo que “puta pudiere”, misma razón por la que el empresario agrega un 20% al precio de cualquier producto, el ruralista especula reteniendo en la silobolsa y el supermercadista desabastece. Siempre es por lo que “puta pudiere”. Es una filosofía del día a día heredada del espanto, que nueve años de economía expansiva, inclusiva y relativamente estable del kirchnerismo no lograron desterrar aún. Son nueve años contra 70 de cosas mal hechas. Nueve años contra 70 donde el Estado, en manos de civiles o militares, defendió los intereses del privilegio, y no los del bien común.


El gobierno enfrenta ahora con políticas heterodoxas una furiosa corrida cambiaria, alentada por el lobby devaluador. El modo es novedoso hasta para el kirchnerismo. Con Martín Redrado en el BCRA, se inyectaban dólares en el mercado hasta que bajaba la cotización y después se recompraban con éxito. Cristina Kirchner decidió esta vez que no se toca un solo dólar de las reservas. Secó la plaza con una decisión política. Por el momento, el dólar blue o recontranegro que cotiza en las tapas de Clarín y La Nación no afectó el precio de los productos del supermercado: las cosas no aumentaron el 30% que hay de diferencia entre el dólar oficial y el inhallable azul. Es toda una novedad. Y una buena señal. Falta, a su vez, que los exportadores de granos liquiden 8000 millones de dólares, con lo cual volvería la liquidez. Todo indica que terminarán haciéndolo a un dólar más cerca de los 4,50 pesos que de los 6 que proponen los titulares de los diarios. El presupuesto hablaba de un dólar a 4,80 pesos para este 2012. La impresión es que si el gobierno logra torcerle el brazo a los especuladores, algo muy parecido a una economía predecible se estará consolidando a los ojos de todos. Lo que está en juego, entonces, ya no es el valor del dólar o si hay que pesificar la vida. La democracia está batallando para recuperar la soberanía monetaria. Ante un mundo que se desploma, se trata de confiar más en la fuerza de la propia Galia que en la Roma en crisis.


El desafío produce vértigo pero también esperanza.

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